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IDA PFEIFFER

La primera mujer en convivir con la tribu de los batak, caníbales de la isla de Sumatra. Dio dos vueltas al mundo y sus libros le dieron fama y gloria. A los 45 años, emprendió el primero de sus dos viajes alrededor del mundo sin compañía.




Ida Pfeiffer nació en Viena en 1797 y comenzó a vivir como si fuese un niño. Era la menor en medio de un tifón de seis hermanos varones de los que aprendió a trepar por los árboles, subir breñas, tirar piedras que rebotasen en la cabeza de las liebres y llevar los pantalones altos dejando ver las heridas que delatan algunas peleas con pandillas enemigas. En casa estaban prohibidos los gestos de cariño. Los abrazos. Los besos. El entusiasmo. Así fue hasta los 10 años, cuando el padre (comerciante rico) cayó fulminado y mamá tomó el timón de la casa, con el propósito urgente de rehabilitar en la única hija su condición de damita vienesa.

Este fue el primer conflicto en una vida de exploradora que tendría después sucesivas encrucijadas. Primero le pusieron unas faldas largas untadas en almidón. Después le buscaron un profesor de piano del que se enamoró, más tarde le enseñaron a hacer punto bobo y por último le endosaron a un novio distinguido que no se correspondía con el chico que ella buscaba. Un desastre ingobernable para quien estaba viviendo una expansión psíquica y muscular incompatible con ser una mocita manipulada. La docilidad no encajaba con el carácter de Ida, que algunos años después tiró por tierra el absurdo negocio de ser una mujer de su casa.

Para escapar algún día con toda la fuerza por delante, aceptó casarse con Mark Anton Pfeiffer (de ahí su apellido), un abogado con poderes en el gobierno de Austria. Un hombre viudo y 24 años mayor que ya arrastraba un hijo adulto. Era 1820. Ida tenía 20 años y un futuro diseñado a plazo fijo. Pero aquel hombre noble bajó siete peldaños en la escala social al denunciar la corrupción que alentaban algunos funcionarios en Viena. Ese pecado le llevó casi a la ruina. Ida, por su cuenta, asumió trabajos de profesora de música y de dibujo para salir de la asfixia. Crió a los dos hijos. Participó activamente en la reconversión industrial de la familia (de ricos a pobres) y en 1835 se divorció como quien se alivia de luto. Ya está sola. Y escribe: "¡Dios sabe lo que sufrí durante los 18 años de matrimonio. No por los malos tratos de mi marido, sino por las dificultades de una situación catastrófica, por la necesidad y la vergüenza!... Tenía que ocuparme de todo en la casa. Tenía hambre y frío. Trabajaba en secreto para ganarme un salario. Había días que no tenía más que pan seco para ofrecer a mis pobres niños".

Esperó a que los chicos fuesen mayores y, cuando se independizaron, comenzó a diseñar la hoja de ruta de su estampida. En 1842, con 45 años y la salud quebrada, los mandó a todos a pastar al limbo y marchó a Tierra Santa descendiendo por el Danubio. Sin compañía. Con el dinero justo. Era el primer destino de una aventura que se prolongó durante 16 años. Estaba convencida de que había que desatar las maromas que la degradaron durante demasiado tiempo y deshacer a dentelladas su condición de animalito amaestrado. Así que hizo testamento y se echó al mundo.

La expedición continúa durante nueve meses más por Turquía, Grecia y Egipto. Escribe. Anota. Sortea peligros. Acumula experiencias y va por la tierra sin equipaje, con una bolsa de piel para el agua y alimentándose de arroz y pan, con un puñadito de sal. Regresa triunfal a Viena. Publica su primer libro y resulta que tiene unbest seller entre manos. Ya traza planes para otro viaje y diseña una nueva expedición sola por Islandia, Noruega y Suecia. Vuelve para cuatro meses a Viena, escribe otro libro sobre el viaje y, ahora sí, está segura de empezar la gran aventura: una vuelta al mundo.

A Ida Pfeiffer le sucede que ya no sabe detenerse. La familia quedó atrás. Ella no tiene el centro de gravedad en el pasado, ni en la nostalgia, ni en nada que le hiciera recordar que también fue huésped de una vida normal. Está transformando en triunfo su huida, su sed de cosas nuevas, su desalojo de la normalidad.

En 1846 embarca hacia Río de Janeiro y allí comienza la gran aventura. Viaja por América del Sur. Se adentra en el Amazonas conviviendo con los indígenas que le dan cuartelillo. Camina descalza y sortea nubes de mosquitos que le dejan el cuerpo grabado a fuego y con la sangre justa para seguir avanzando. Está fabricada de una determinación que le impide derrumbarse por muchos golpes que le asestes. Es como si tuviese un cerebro y un cuerpo con más proteínas que el resto. Escribe sin tregua sobre cada uno de los paisajes, de los indígenas, de los animales, de las penurias, de los espantos. Así va dando cuerpo a su vuelta al mundo, para que no se le olvide.

Pasa por Tahití. Se detiene en China, de donde sale al galope. Le fascina la India y decide instalarse nueve meses. No tiene demasiada prisa. Camina, busca coches de caballos, se aloja en lugares infames. Da lo mismo. Nada puede doblegar su ánimo, ni siquiera ese grado de suciedad apasionada de algunos rincones dispuestos para el viajero auténtico. Cruza el desierto por Bagdad en una caravana de camellos y sube, después de más caravanas, hasta Rusia, donde pisa calabozo confundida con una espía. En 1848 está de nuevo en Viena. Publica Viaje de una mujer alrededor del mundo, recauda y prepara la siguiente aventura.

Embarca en Londres con destino a Ciudad del Cabo, continúa por Singapur y, a la contra de todos los exploradores del mundo, se adentra en la selva de Borneo. Muy pocos salen vivos de aquellas entrañas. Pero Ida Pfeiffer, como si estuviese reclinada en una escalinata en vez de atrapada en un laberinto de flúor, complica más su supervivencia mezclándose con la tribu de los dayakos, cuyo pasatiempo era rebanar cabezas de extranjeros y clavarlas en picas dispuestas a modo de parterre. "Me estremeció, pero no pude dejar de preguntarme si, después de todo, nosotros, los europeos, no somos realmente igual de malos o peores que estos salvajes despreciados. ¿No está cada página de nuestra historia llena de horribles actos de traición y asesinato?", escribió.

Pero aún necesitaba más estímulos y de Borneo pasó a Sumatra a presentarse ante la tribu de los batak, delicados gourmets de carne humana de los que apenas se sabía que nunca habían aceptado a un europeo entre sus filas. Menos a Ida Pfeiffer. Tanta fue la confianza alcanzada que sus nuevos compadres intentaron trincharle un muslo por probar cómo era la antropofagia cuando se mezclaba con la amistad. Al final salió de allí viva y con las dos patas.

Satisfecha de su inmersión tribal, apuntó ahora hacia San Francisco (EEUU) y los Andes para regresar a Viena en 1948. Sólo le quedaba una parada más, la de Madagascar. Publicó Mi segundo viaje alrededor del mundo, otro pelotazo por el que no dejó de hacer vida normal. Pero de aquellas expediciones se trajo un veneno dentro del cuerpo.Nadie supo qué enfermedad tropical. Qué virus. Qué cuchillo líquido le corría por dentro de las venas. Qué mas da. Ya lo había logrado todo. Principalmente, transformarse en una entidad en sí misma. Después de lo visto y padecido, no alardeó jamás. Ni en los libros. Era demasiado honrada para entretenerse haciendo de sus viajes un macramé pasional. Consumida por la enfermedad, murió en Viena en 1858. A los 61 años. Nunca viajó por vanidad.

Puedes leer sobre ella en:
TEJERA, Pilar: Viajeras de leyenda. Aventuras asombrosas de trotamundos victorianas. Ed. Casiopea, 2011.

Fuente: El mundo cultura

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