El romance de la buena hija.

Paseábase el buen conde / todo lleno de pesar,
cuentas negras en sus manos/ do suele siempre rezar,
palabras tristes diciendo, / palabras para llorar:
-Véoos, hija, crecida, / y en edad para casar;
el mayor dolor que siento / es no tener que os dar.
-Calledes, padre, calledes, / no debéis tener pesar,
que quien buena hija tiene / rico se debe llamar,
y el que mala la tenía / viva la puede enterrar,
pues amengua su linaje / que no debiera amenguar,
y yo, si no me casase, / en religión puedo entrar.

            En este romance se plasman varias circunstancias de la época en cuanto a las salidas de la mujer adulta. Primero, la presión del padre por no poder casar a su hija al no poder ofrecerle dote suficiente,  factor indispensable para casar a una doncella. La hija que se tiene por buena y obediente lo pone de manifiesto, pues en lugar de reprochárselo, le dice que teniendo tan buena hija como ella ya es rico, y aunque no consiguiera casarla no pasaría nada, porque, y ahí la otra idea importante de esta época, siempre puede entrar en el convento, que es lo que sucedía con la mayoría de las muchachas que no se casaban o eran hijas segundonas
           Así pues, este romance nos dice casi textualmente, las salidas que tenía una mujer joven y de honra, en la Edad Media; el matrimonio o el convento. Todo dependía primeramente del nivel económico de la familia. Y en segundo lugar, del lugar de nacimiento que la mujer ocupase. La primogénita o primera hija (aunque fuera tras un varón) tenía siempre más posibilidades de casar que las hermanas que le siguieran, pues el matrimonio, por lo general, se reservaba a la mayor. A mayor fortuna familiar, más posibilidades de matrimonio para las demás hijas. Si no, la otra alternativa honrosa, eran los hábitos. Pues la dote a aportar eran de menor cuantía y siempre podía acceder como monja de menor rango, digamos, de las sirvientas. Las mujeres que no iban por un camino u otro, tenían menos posibilidades de subsistencia, al menos desde el lado legal o decente. Siempre les quedaba la barraganía o el prostíbulo, sino la mendicidad. Esto último, en los casos más drásticos. Y por supuesto, estos caminos se encontraban diametralmente opuesto a lo que la sociedad esperaba de las doncellas de buena honra.

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