SEXUALIDAD Y PROSTITUCIÓN EN LA EDAD MEDIA

Sexualidad.




       La Cristiandad medieval siempre consideró la sexualidad como pecado, identificándolo con la lujuria. Muy diferente a lo que pensaban las sociedades hindú o china de la misma época, por ejemplo, que consideraban que las prácticas eróticas era un medio de aproximación a lo sagrado y en cuyo arte no cesaban de exaltar el gozo de los cuerpos y el placer de los sentidos.

         Las enseñanzas de San Agustín proporcionaban violentísimas diatribas contra la sexualidad, una prueba de ello son los Libros Penitenciales, a modo de normativa, y los textos teológicos de forma doctrinal. En los citados Libros Penitenciales, se encuentran las penas y castigos para los delitos sexuales, como posturas consideradas “contra natura”, la masturbación femenina, etc. Penas muchas de ellas más severas que las que castigaban el homicidio. En los textos doctrinales aparece la misma repulsión, el sexo, que significa lo que es inferior, es un obstáculo para la salvación humana, o peor, la causa de su perdición. Así no había esperanza fuera de la castidad o virginidad.

         El horror del sexo era inseparable de la misoginia, en el s. III Tertuliano definió a la mujer como “puerta del infierno”, la mujer era carne, desenfreno, pecado. La Iglesia rechazaba la sexualidad, pero sobretodo la sexualidad femenina, se veía a la mujer como una devoradora de hombres, pues en el coito es el hombre el que introduce su miembro en ella, y ese era un mundo totalmente desconocido para ellos, no se ve, es oscuro, produce miedo.

         Según los sabios medievales como Avicena, Constantino el Africano, la misteriosa Trotula, entre otros, el cuerpo y el placer sexual no están asociados sistemáticamente al mal. Su principal preocupación es la salud, aunque en sus diagnósticos se aprecia una determinada moral que condiciona sus actitudes. Por ejemplo: El esperma es un flujo más puro que la sangre que constituye la vida en estado líquido. El espasmo es un esfuerzo costoso que convenía administrarlo con moderación, esto es, no comenzar demasiado joven porque supone un enorme debilitamiento corporal; pero aunque la retención espermática es insana, el abuso del coito es más peligroso todavía pues supone el acortamiento de la vida. También se supone que hay estaciones del año más propicias para despertar el deseo, la potencialidad del varón se eleva en invierno, y la estación de la mujer es el verano, por lo que el otoño los separa y la primavera –periodo sexual óptimo- los reúne. Arnau de Vilanova a principios del s. XIV autorizaba la realización de dos o tres relaciones sexuales semanales, pero no más, porque ya sabemos que no había que excederse el la liberación de los impulsos corporales. También se decía que había que hacer entrar en razón a la mujer, a quién se considera un ser más sujeto al deseo(húmeda, fría, frágil, abierta y “muelle” por lo que está más próxima a la animalidad, dotada de unas capacidades de disfrutar repetidamente, que sobrepasan a las capacidades viriles, se creía que la mujer que era una gozadora nata, capaz de experimentar placer incluso aún siendo víctima de una violación; así pues, el varón no debía de colmarla de caricias porque podía desencadenar en ella una pasión irrefrenable que después no podría dominar. Aún así debía satisfacer a la mujer con el fin de que se quedase embarazada. A este respecto, también se pronunciaban, en el sentido de las normas que se debían seguir para la buena concepción del hijo, como por ejemplo: no se debía fornicar en días sagrados como la cuaresma o los domingos, pues la ira de dios se descargaría en ese hijo y saldría deforme y mal, tampoco se debían adoptar determinadas posturas en el coito consideradas contra natura como la equus eroticus o la more canino, porque además el hijo también podría salir mal. Había varias teorías en cuanto a la concepción de los hijos; unos pensaban que el esperma era suficiente para crear vida y que la mujer era sólo una nodriza de una semilla ajena a ella, los que sostenían esta teoría eran los de tradición Aristotélica. Los de tradición de Galeno afirmaban que había dos tipos de semen, el masculino y el femenino, que debían concurrir en el acto procreador, es decir, que la mujer debía eyacular, y por tanto, también disfrutar; por lo que los hombres que egoístamente no provocaban el placer de la mujer mientras el suyo si, provocaría que la concepción no fuera del todo buena y el hijo tampoco saldría bien.

         Otra de las prácticas considerada por los teólogos de ir contra natura era el llamado coitus interruptus, una de las fórmulas anticonceptivas mas comunes en la edad media. Se decía que tanto ésta práctica como la masturbación afeminaban al hombre, lo debilitaba y lo predisponía a la homosexualidad, alejándolo de la procreación. La homosexualidad, junto con la sodomía heterosexual y el autoerotismo, estaban consideradas como las formas más graves que adquiere la lujuria, actos calificados de “sodomíticos” y subversivos.


Prostitución.

Casa de baños medieval
(Grabado)
        
     En cuanto a la prostitución, que tenía su sede en el ámbito urbano aunque también comenzaba a darse el rural, era la ciudad el único lugar favorable para el desarrollo de los amores banales. Se sabe que en periodos de pobreza aumentaba el número de las mujeres que se ofrecían, que iban de pueblo en pueblo adaptando sus rutas al calendario de ferias y mercados, peregrinaciones y principales faenas agrícolas. También que en granjas aisladas los peones compartían una prostituta durante unos días o semanas. Pero era en la ciudad donde proliferaban los prostíbulos, o baños públicos donde acudían los hombres que en algunos casos eran autoridades municipales.

         Lo más frecuente es que el prostibulum  se construyese a cargo de la comunidad, con dinero público, se le arrendaba a una “abadesa” o a un gerente, el cual tenía el monopolio de la profesión, y que se encargaba del reclutamiento de nuevas jóvenes y de obligarlas a respetar ciertas reglas, a mantenerlas y mantener el orden en la comunidad femenina.


 
<-- Casa de baños donde eran frecuentes los servicios sexuales de las prostitutas.



         Existía dos tipos de prostitutas, las deshonestas, que eran las que ejercían en la calle y frecuentaban las tabernas, pero que tenían que conducir a sus clientes a la “buena casa” donde les festejan antes de llevarlos a las habitaciones; y las enclaustradas, que son las que ejercen en los burdeles, pero cabe decir que éstos no son casas cerradas.

         A parte de los burdeles públicos, también existían las casas de tolerancia, que eran los baños públicos, provistos de jóvenes camareras, además de haber numerosas habitaciones con grandes camas. Ligado a estos baños, se da un tercer nivel de prostitución, el artesanal, mantenidos por alcahuetas que tienen a dos o tres chicas o camareras buscadas para la ocasión. Estas alcahuetas o proxenetas además brindan sus casas a las prostitutas del cuarto nivel, es decir, que trabajan por su cuenta y que lo mismo son concubinas de un solo hombre como amantes de varios a la vez, son las ya mencionadas deshonestas. A veces estas prostitutas que van por libre, encuentran protecciones eficaces, oficiales o privadas, ya que su oficio es peligroso y tienen demasiada competencia.

      Habiendo tantas maneras de ejercer la prostitución, socialmente también tenían una consideración u otra, las mujeres del prostibulum eran consideradas de forma diferente que las que ejercen en los baños y las habitaciones, las mujeres públicas están opuestas a las secretas y a las esquineras, las vagabundas y las ligeras (que no siempre eran prostitutas, podían ser también mujeres cuya conducta deja mucho que desear) se oponían a las enclaustradas y las secretas.

       Las autoridades tanto laicas como eclesiásticas, se esfuerzan en tratar de imponer ciertas normas y reglas sanitarias, como el cerrar los prostíbulos en época de peste, que respeten las festividades religiosas como la Semana Santa o Navidad, alejar estas funciones de la iglesia y calles principales para evitar escándalos, o intentar prohibir que las prostitutas vistan lujosamente para que además de diferenciarlas de las buenas damas, evitar que inciten a las jóvenes honestas y puras a perderse. Aún así, las tentativas de represión son raras, efímeras e ineficaces hasta principios del s. XVI.

      El proxenetismo viene de las clases altas, como dije antes, eran los oficiales municipales los que mantenían los prostíbulos, hacían cumplir los reglamentos al mismo tiempo que reclutaban a las nuevas prostitutas, aunque la alcahuetería tenía su sitio en la ciudad. Este fenómeno era exclusivo de mujeres, la mayoría de los burdeles privados estaban regentados por mujeres, esta es la figura de la alcahueta, retratada en la literatura como viejas, feas y brujas, aunque la realidad es que también había entre ellas, mujeres casadas, que contaban con el beneplácito del marido, o viudas. Por lo general, unas se dedicaban a las citas galantes, otras tenían el burdel descaradamente en su hostal, otras proporcionaban chicas a hombres importantes o de estado, etc. En la cumbre en esta jerarquía están las dueñas de las casas de baños, que si gozaban de influencias sean familiares o no, se podían dedicar a hacer lo que quisieran e incluso provocar a la comunidad; como fue el caso de la considerada como la más fina alcahueta de Dijon, ciudad francesa, ella reinó más de veinte años sobre las casas de alrededores, apoyada por un marido insignificante, un hermano cura, un protector bien situado y varios amantes, gustaba de presenciar los “graciosos comportamientos” de las habitaciones, y alababa en plena plaza pública entre jóvenes y eclesiásticos, las “carnes exuberantes” que ofrecía en sus baños, además de tener la amistad de dos mujeres de estado que se iban a su burdel a hacerse “macerar”. Éste es sin duda un claro ejemplo de alcahueta.

Fuentes: ROSSIAUD, Jacques: La prostitución en la Edad Media
               MARTOS, Ana: Historia medieval del sexo y del erotismo



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