EL ANGEL DEL GUETO DE VARSOVIA
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Irena de joven con su uniforme de enfermera. |
Por fin se la empezó a conocer y fue propuesta para el premio Nobel de la Paz, premio que recayó en...Al Gore.
Ella es Irena Sendler. Una enfermera polaca, católica, nacida en Varsovia el 15 de Febrero de 1910. Su vida y hazaña pasaron totalmente desapercibidas a lo largo de todo el resto del siglo XX hasta que en 1999, un grupo de estudiantes de un instituto de Kansas, quienes en su trabajo de fin de curso la descubrieron. Fue a partir de entonces cuando las procesiones de historiadores, periodistas, cartas y regalos de agradecimiento y demás personas interesadas por ella no dejaron de sucederse por ese pequeño asilo del centro de Varsovia en el que Irena residía.
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Ya mayor en el asilo en el que vivía |
Irena, horrorizada por las condiciones en que estaban en aquel guetto, se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos. Consiguió hacerse con identificaciones de la oficina sanitaria para poder así acceder al recinto con algo más de libertad; una de sus tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Como los alemanes invasores tenían miedo de una posible epidemia de tifus, permitían que los polacos controlar el recinto.
Pronto empezó a ponerse en contacto con familias a las que ofrecía sacar a sus hijos del ghetto...Aunque no les podía garantizar el éxito.
Esos momentos eran horrorosos, debía convencer a los padres de que le entregaran sus hijos, y ellos le preguntaban si podía prometerles que sus hijos vivirán…pero qué podía prometer, cuándo ni siquiera sabía si lograrían salir del ghetto...
Las madres no querían desprenderse de sus hijos, Irena misma era madre y las entendía perfectamente, por eso ese momento, el de la separación era el más duro.
Algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerlas cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de concentración y exterminio. Cada vez que le ocurría algo así, luchaba con más fuerza por salvar a más niños.
Comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo lo que estaba a su alcance para esconderlos y sacarlos de allí: cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercaderías, sacos de patatas, ataúdes… en sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape. Incluso adiestró perros para que ladraran cuando viesen a los soldados nazis y así disimular el llanto de los niños.
Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social. Con su ayuda, elaboró cientos de documentos falsos con firmas falsificadas dándole identidades temporales a los niños judíos.
Irena vivía los tiempos de la guerra pensando en los tiempos de la paz. Por eso no le bastaba solamente mantener a esos niños con vida. Quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales, sus familias.
Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Anotaba los datos en pequeños trozos de papel y los guardaba dentro de botes de conserva que luego enterraba bajo un manzano en el jardín de su vecino. Allí aguardó, sin que nadie lo sospechase, el pasado y las identidades de 2.500 niños… hasta que los nazis se marcharon.
Pero un día los nazis supieron de sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja de su celda, encontró una estampa ajada de Jesucristo. La conservó como el resultado de un azar milagroso en aquellos duros momentos de su vida, hasta el año 1979, en que se deshizo de ella y se la obsequió a Juan Pablo II.
Irena era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos; soportó la tortura y se rehusó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos.
Le rompieron los pies y las piernas además de imponerle innumerables torturas. Sin embargo nadie pudo romper su voluntad. Así que fue sentenciada a muerte. Una sentencia que nunca se cumplió, porque camino del lugar de la ejecución, el soldado que la llevaba, la dejó escapar. La resistencia le había sobornado porque no querían que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Oficialmente figuraba en las listas de los ejecutados, así que a partir de entonces, Irena continuó trabajando, pero con una identidad falsa.
Al finalizar la guerra, ella misma desenterró los frascos y utilizó las notas para encontrar a los 2,500 niños que colocó con familias adoptivas. Los reunió con sus parientes diseminados por toda Europa, pero la mayoría había perdido a sus familiares en los campos de exterminio nazis.
Los niños sólo la conocían por su nombre clave: Jolanta. Años más tarde, su historia apareció en un periódico acompañada de fotos suyas de la época, varias personas empezaron a llamarla para decirle: “Recuerdo tu cara …soy uno de esos niños, te debo mi vida, mi futuro y quisiera verte…" Irena tenía en su habitación cientos de fotos con algunos de aquellos niños sobrevivientes o con hijos de ellos.
Llevaba años encadenada a una silla de ruedas, debido a las lesiones que arrastraba tras las torturas sufridas por la Gestapo. No se consideraba una heroína. Nunca se adjudicó crédito alguno por sus acciones. Siempre que se le pregunta sobre el tema, Irena dice: “Podría haber hecho más, y este lamento me seguirá hasta el día en que yo muera.”
Como veis, durante el horror nazi, hubo personas buenas capaces de bondades inmensas, lo que hace falta es que se busquen más Irenas y Shindlers que en momentos de crímenes contra la humanidad sacaron ingenio y fuerzas para mitigar el daño y salvar a todos cuantos pudieron.
En el siguiente enlace hay una entrevista que un periodista español le hizo a Irena una año antes de su muerte.
Una mujer simplemente formidable.
Pronto empezó a ponerse en contacto con familias a las que ofrecía sacar a sus hijos del ghetto...Aunque no les podía garantizar el éxito.
Esos momentos eran horrorosos, debía convencer a los padres de que le entregaran sus hijos, y ellos le preguntaban si podía prometerles que sus hijos vivirán…pero qué podía prometer, cuándo ni siquiera sabía si lograrían salir del ghetto...
Las madres no querían desprenderse de sus hijos, Irena misma era madre y las entendía perfectamente, por eso ese momento, el de la separación era el más duro.
Algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerlas cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de concentración y exterminio. Cada vez que le ocurría algo así, luchaba con más fuerza por salvar a más niños.
Comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo lo que estaba a su alcance para esconderlos y sacarlos de allí: cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercaderías, sacos de patatas, ataúdes… en sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape. Incluso adiestró perros para que ladraran cuando viesen a los soldados nazis y así disimular el llanto de los niños.
Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social. Con su ayuda, elaboró cientos de documentos falsos con firmas falsificadas dándole identidades temporales a los niños judíos.
Irena vivía los tiempos de la guerra pensando en los tiempos de la paz. Por eso no le bastaba solamente mantener a esos niños con vida. Quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales, sus familias.
Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Anotaba los datos en pequeños trozos de papel y los guardaba dentro de botes de conserva que luego enterraba bajo un manzano en el jardín de su vecino. Allí aguardó, sin que nadie lo sospechase, el pasado y las identidades de 2.500 niños… hasta que los nazis se marcharon.
Pero un día los nazis supieron de sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja de su celda, encontró una estampa ajada de Jesucristo. La conservó como el resultado de un azar milagroso en aquellos duros momentos de su vida, hasta el año 1979, en que se deshizo de ella y se la obsequió a Juan Pablo II.
Irena era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos; soportó la tortura y se rehusó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos.
Le rompieron los pies y las piernas además de imponerle innumerables torturas. Sin embargo nadie pudo romper su voluntad. Así que fue sentenciada a muerte. Una sentencia que nunca se cumplió, porque camino del lugar de la ejecución, el soldado que la llevaba, la dejó escapar. La resistencia le había sobornado porque no querían que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Oficialmente figuraba en las listas de los ejecutados, así que a partir de entonces, Irena continuó trabajando, pero con una identidad falsa.
Al finalizar la guerra, ella misma desenterró los frascos y utilizó las notas para encontrar a los 2,500 niños que colocó con familias adoptivas. Los reunió con sus parientes diseminados por toda Europa, pero la mayoría había perdido a sus familiares en los campos de exterminio nazis.
Los niños sólo la conocían por su nombre clave: Jolanta. Años más tarde, su historia apareció en un periódico acompañada de fotos suyas de la época, varias personas empezaron a llamarla para decirle: “Recuerdo tu cara …soy uno de esos niños, te debo mi vida, mi futuro y quisiera verte…" Irena tenía en su habitación cientos de fotos con algunos de aquellos niños sobrevivientes o con hijos de ellos.
Llevaba años encadenada a una silla de ruedas, debido a las lesiones que arrastraba tras las torturas sufridas por la Gestapo. No se consideraba una heroína. Nunca se adjudicó crédito alguno por sus acciones. Siempre que se le pregunta sobre el tema, Irena dice: “Podría haber hecho más, y este lamento me seguirá hasta el día en que yo muera.”
Como veis, durante el horror nazi, hubo personas buenas capaces de bondades inmensas, lo que hace falta es que se busquen más Irenas y Shindlers que en momentos de crímenes contra la humanidad sacaron ingenio y fuerzas para mitigar el daño y salvar a todos cuantos pudieron.
En el siguiente enlace hay una entrevista que un periodista español le hizo a Irena una año antes de su muerte.
Una mujer simplemente formidable.
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