EL CONVENTO Y EL BEATERIO

En la España de la Edad Moderna.
Obligación o devoción. Renuncia.


Ex voto (La abadesa Catalina Agnés Arnauld y la hermana Catalina de Sainte-Suzanne), 1662.
Philippe de Champaigne


    Últimamente me he dedicado más a las biografías de mujeres ilustres de la historia que la propia historia de género, pues hoy, he aquí un fragmentito de la historia de las mujeres. Uno de los pocos caminos que la mujer española podía elegir en época moderna (siglos XVI, XVII y XVIII).

            Entre 1575 y 1623 es el momento en que existe mayor número de ingresos en los conventos, además de incrementarse el número de éstos, al haber tantos, muchos de ellos acaban empobreciéndose, por lo que la corte ha de mantenerlos hasta que ya no es posible mantenerlos más y por eso era reacia a la fundación de tantos.

            Los conventos dependían de sus dotes y vivían de la renta de sus tierras, además de las limosnas, era común, que las monjas viviesen mal, puesto que no ejercían ninguna labor para con la sociedad y además no se les permitía pedir, mientras que los frailes pedían, pero también aportaban, daban misa, los sacramentos, la confesión, etc. Por lo que muchos conventos se empobrecen.

            La vida conventual era una segunda opción en caso de no haber matrimonio o de enviudar, incluso para no acabar sirviendo o en el burdel. Era una opción muy socorrida puesto que la dote para ingresar era mucho menor que la que se debía entregar al matrimonio, así, dentro de los conventos había diferencia de clases, la que mayor dote aportaba, mayor sería su rango y mejores sus comodidades, incluso había monjas que tenían criadas dentro del convento, y lujosos aposentos. En la mayoría de los casos esto ocurría porque las monjas no eran vocacionales. Era así hasta que esta situación quedó regulada prohibiendo este tipo de situaciones, es decir, regulando que la mujer que quisiese entrar en el convento debía ser por vocación y no para escapar del mundo, bien por pobreza o por otras razones, al mismo tiempo que se prohibiría la posesión de lujos en los conventos puesto que eran lugares para la oración y los lujos eran innecesarios al igual que el poseer criadas.

Aún así existía otro tipo de conventos, los destinados a la nobleza. En los que además de limpieza de sangre, se debía demostrar que se era de sangre noble. Estos conventos son grandes, lujosos, ricos, tienen grandes rentas y las monjas viven muy bien, además de poseer también de riqueza artística que se expande, como es el caso de Las Huelgas de Burgos.

A la hora de entrar en un convento, era preciso demostrar la limpieza de sangre, es decir, que no hay en la familia de la futura monja ningún antepasado converso, judío, moro, etc. Como fue el caso de Santa Teresa de Jesús. Aunque en su caso, si que hubo antepasados conversos y aún así logró entrar en convento por su fuerte vocación.

            En el s. XVII sobreviene la crisis económica por lo que se empobrecen los conventos, tanto ricos como modestos debido a la carestía, a la mala administración, el gran número de ellos, etc. Por lo que se pedían ayudas a la corona, pero era escasa porque tampoco disponía de medios suficientes. Así que debido a esto se les impulsó a llevar a cabo labores sociales, como la costura, fabricación de dulces, convertirse en algunos casos en albergues y casas de acogida y otros menesteres.

            Las mujeres que iban al convento solían ser muy diferentes entre sí, las que lo hacían por vocación eran las menos y si era de forma voluntaria era por vivir dentro de unas circunstancias propicias como el que su familia fuese muy religiosa, por entrar de niña, por tener algún pariente en el convento o por no querer soportar el yugo masculino, sea el paterno o el del marido. Además el convento era la oportunidad para realizarse intelectualmente pues allí podían estudiar, como Sor Juana Inés de la Cruz, o poder viajar como lo hizo Santa Teresa de Jesús.

            Los ingresos forzados solían darse, como ya mencioné antes, por las dificultades económicas de la familia puesto que el convento salía más rentable que el matrimonio, o por no poder casarlas, y menos si tienen hermanos varones o son más de dos niñas.

            En caso de ser huérfana, se le ingresa con dos o tres años, por lo que se acostumbra a la vida conventual y al final toma los votos.

           A partir del Concilio de Trento se establece que para toma los hábitos se han de tener al menos dieciséis años como mínimo y que además sea voluntariamente, pues se excomulgaría a quién obligase a una joven a que se hiciese monja, que era lo más usual, pero no a quién las persuadía, que también era común.

            El beaterio fue una nueva institución creada a partir del empobrecimiento de los conventos, era prácticamente lo mismo pero con algunas diferencias. Aunque hoy en día existe poca información acerca de sus orígenes, según los testimonios conservados, las beatas eran aquellas que decidían vivir su espiritualidad de una manera más individualizada, no dentro de un convento de forma colectiva, así sus beaterios debieron surgir ante tal necesidad.

            Por lo general las beatas eran mujeres que habían decidido este camino de forma totalmente voluntaria, ya que podían dedicar su vida a la espiritualidad pero sin renunciar a la vida extramuros, cosa vetada en los conventos.

            La beata era la mujer con los votos de pobreza y castidad, pero no de obediencia, aunque estaban vinculadas a determinadas órdenes, fueron famosas las beatas dominicas. Las beatas podían salir a la calle a pedir, cosa que las monjas no podían, además se hacían cargo de casas de acogida para niños huérfanos, mujeres, de recogerlas para que no vagabundeen ni se pierdan en la mala vida. Así acometen una importante labor social que además les permitía recibir limosnas, limosnas que también procedían de la corte real para contribuir a su sustento. Llevaban una vida intermedia entre religiosas o monjas y laicos. No siempre estuvieron bien vistas por las autoridades eclesiásticas que abogaban por el enclaustramiento de la mujer como la medida más efectiva para vencer las tentaciones mundanas y la debilidad de su naturaleza. Su forma de vida unas veces despertaba la admiración de sus vecinos mientras que otras veces era el objeto de sus críticas al ser consideradas mujeres estrafalarias. Las que ganaron fama de santidad contaron con el apoyo de sus hijos espirituales, eran quienes les enviaban limosnas y requerían sus oraciones a la hora de su muerte.

            La beata era por lo general una mujer soltera y analfabeta que buscaba un estado de dicha y bienaventuranza en el retiro o en pequeñas comunidades, donde la oración y los ejercicios de piedad, y en algunos casos la mortificación, eran sus vivencias espirituales. Muchas decidieron seguir una regla, que por lo general solía ser la de San Francisco, San Agustín o Santo Domingo, guardaban los votos requeridos por esa orden además de adquirir otros compromisos, como demandar una licencia al padre provincial a la hora de redactar sus últimas voluntades.

            Para sus prácticas religiosas, solían poseer oratorios en sus propios domicilios donde se ejercitaban en la oración individual o colectiva. Las imágenes que solían cubrir las paredes y altares de esos habitáculos eran las de la Virgen, Cristos resucitados, el niño Jesús y santas de su devoción además del Agnus Dei plateado.

            He hablado de las mujeres que ingresan en los conventos y de las beatas, ahora les toca el turno a las que quieren abandonar el monacato. El número se incrementa a partir de la segunda mitad del s. XVII. Como dije antes, las mujeres eran presionadas desde muy jóvenes para que ingresasen en el convento. Con el tiempo, ellas manifestaban su deseo de abandonar la vida conventual, incluso recibían el apoyo de muchas hermanas de su congregación, ellas mismas expresaban el dolor físico y psicológico que les causaba estar allí, pero era difícil salir si no se contaba con los medios económicos suficientes, digamos que se debía tener algún tipo de seguro para no salir del convento y acabar en la calle. No todas las mujeres que estaban en desacuerdo con su vida monacal se manifestaron al respecto, la mayoría intentaron hacer que su estancia allí fuese más llevadera, contar con un familiar intramuros les ayudaba en este propósito. Dentro del convento la novicia debía renunciar a su herencia, pues el Concilio de Trento prohibió las posesiones para las monjas, pero la realidad era diferente, pues ellas conservaban su herencia y su dote, así si alguna decidía terminar su vida como monja tendría recursos para comenzar la nueva vida. Existió el caso de una monja a quien el juez diocesano le concedió la anulación de su profesión monacal y tras esto ella se casó con un médico real; lo que sucedió es que finalmente sus hermanos volvieron a obligarla a entrar en el convento. También sucedió, por ejemplo, el caso de Doña Ana, que tras cuatro años de noviciado se le negó la entrada en el convento debido a su gran rudeza, pero este se podría decir que fue un caso único.

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